ARDÍAN LOS VERSOS
Ardían en la
hoguera los versos,
con pasión
ennegrecían,
como si la llama
engordase
según más
palabras leía.
La mujer de la
portada
la forma en su
rostro perdía,
se desfiguraban
sus ojos
y la boca se le
abría,
parecía que
gritaba,
en silencio,
todos mirábamos,
nadie la oía,
en menos de un
minuto,
el libro
desaparecía,
la cara de
aquella señora,
mi cabeza
enloquecía,
el tiempo que
habrá gastado
escribiendo
poesía,
se esfumó en
segundos
cediéndome en su
huida
un aviso al
sentimiento,
sordo, que mudo,
también grita,
pues así
se escapan mis
horas,
así,
me arde la vida.

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